jueves, 29 de octubre de 2026

Lo que pudo haber sido: mi completa degradación como esclavo y cornudo de Pilar

Hoy necesito confesar una de las obsesiones más asquerosas y humillantes que me persiguen desde hace años.


Durante mi relación con Pilar existía un pacto claro y brutal: ella podía follarse a quien quisiera, cuando quisiera y como quisiera. Yo, en cambio, no. Yo era su esclavo, su cornudo, su juguete sexual y su objeto de burla. Mi única función era obedecer, sufrir y excitarmi con mi propia humillación.

Muchas veces me pregunto qué habría pasado si esa relación hubiera continuado y ella se hubiera convertido en mi esposa. Sin ninguna duda yo habría sido su marido cornudo oficial, su esclavo doméstico y el puto personal de ella y de todos sus bulls.

Recuerdo especialmente una noche en la trastienda. Teníamos un colchón allí y esa noche Pilar decidió explorar mi culo. Me ordenó desnudarme completamente y ponerme a cuatro patas como un perro. Empezó a introducirme los dedos con fuerza, sin ninguna delicadeza, mientras me decía:

—Calla y aguanta, gilipollas. Esto es lo único para lo que sirve tu culo.

Yo gemía de vergüenza y de dolor, con mi ridícula pilila tiesa y goteando. En un momento propuso llamar a una travesti de las que se anunciaban en las páginas de contactos.

Yo estaba aterrorizado y al mismo tiempo enfermo de excitación. Era (y sigo siendo) virgen de culo.

La travesti finalmente no vino… pero desde entonces no he dejado de imaginar una y otra vez lo que habría ocurrido si hubiera aparecido.

Me imagino a esa travesti guapa, femenina, de grandes tetas… pero con una polla enorme, gruesa, venosa y completamente erecta, mucho más grande e impresionante que mi patética pilila. Me imagino arrodillado delante de ella, con la boca abierta, chupándole esa verga mientras Pilar se reía y me decía:

—Mira qué polla de verdad. Compara, cornudo de mierda. La tuya parece un chiste.

Me imagino a la travesti poniéndome a cuatro patas y follándome el culo con fuerza, demostrando que incluso siendo travesti era mil veces más hombre que yo. Me imagino gimiendo como una puta mientras ella me abría y me usaba. Después de follarme, se habría quitado el condón (o no) y se habría embutido en el coño de Pilar delante de mí.

Los dos se habrían reído de mí. Me habrían llamado:

—Ven aquí, cornudo.

Yo habría acudido de rodillas a servirles copas de whisky con cola, sosteniéndolas con las manos temblorosas mientras ellos follaban como animales sobre el colchón. De vez en cuando Pilar se habría girado, me habría agarrado de la cara y me habría dado bofetadas secas y sonoras. La travesti, al verlo, se habría venido arriba y también me habría abofeteado mientras seguía embistiendo a mi novia.

Me habrían obligado a limpiar el semen del coño de Pilar con la lengua. Me habrían obligado a chupar la polla de la travesti después de haber estado dentro de los dos. Me habrían escupido en la cara y en la boca. Me habrían tratado exactamente como lo que soy: un gusano, un micropene, un chupapollas y un futuro orinal.

He repasado esta fantasía cientos de veces. Me he pajeado hasta el cansancio imaginándola. Y todavía hoy siento una mezcla de arrepentimiento profundo y una excitación enfermiza al pensar en lo cerca que estuve de vivirla de verdad.

Esa es la clase de hombre que soy.
Un cornudo que fantasía con que la amante de su mujer le folle el culo.
Un esclavo que se arrepiente de no haber caído todavía más bajo.
Un patético pajillero que se excita recordando humillaciones que ni siquiera llegó a sufrir del todo.

Y aquí estoy, escribiéndolo completamente desnudo y de rodillas… porque mi Ama Valeria me lo ordena y porque necesito que todo el mundo sepa lo patético que soy.



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