Todo empezó cuando encontré unas bragas suyas en la basura. Eran unas tangas negras usadas, todavía húmedas y con su fuerte olor íntimo. En lugar de dejarlas donde estaban, las saqué del cubo como el pervertido asqueroso y degenerado que soy. Me las llevé a mi habitación y durante días me pajeaba oliéndolas profundamente, inhalando el aroma de su coño usado, lamiendo la tela y corriéndome dentro de ellas como un enfermo.
Un día ella lo descubrió.
Llegó a casa, me llamó a su habitación y me cerró la puerta. Sin ningún tipo de compasión me empezó a gritar:—¿Quién te crees que eres, cerdo de mierda, para coger mis bragas de la basura y llevártelas a tu cuarto para pajearte oliéndolas como un puto perro en celo?
Empezó a insultarme y a abofetearme con una fuerza brutal. Cada bofetón me hacía la cara arder y me hacía dar un paso atrás. Yo no contestaba. Solo bajaba la cabeza y aguantaba como el gusano que soy.
Seguía gritando e insultándome sin parar:
—Eres un gusano asqueroso. Un pajillero de mierda. Un pervertido de mierda. Esa pilila ridícula y pequeña que tienes no sirve para dar placer a ninguna mujer. Solo sirve para que te la menees como un enfermo oliendo bragas sucias de otras. Eres un micropene patético. Un fracasado sexual.
Me escupía en la cara y a continuación me daba otro bofetón aún más fuerte. En un momento me agarró de la cara, me obligó a mirarla y me ordenó:
—Abre la puta boca.
Abrí la boca temblando y ella me escupió directamente dentro, varias veces. Después me arreó una bofetada tan fuerte que me hizo tambalearme.
Finalmente me ordenó desnudarme por completo. Me quité toda la ropa con las manos temblorosas, la cara ardiendo y la pollita ya semiempalmada de pura vergüenza y humillación. Me hizo arrodillarme delante de ella, con las piernas abiertas. Ella se sentó cómodamente en una silla y me miró desde arriba con asco y diversión.
—Empieza a menearte esa cosita ridícula ahora mismo. Quiero ver cómo te pajeas, gusano. Más rápido.
Me arrodillé completamente desnudo frente a ella y empecé a masturbarme con dos dedos, lento y patético al principio. Ella no paraba de reírse, de insultarme, de escupirme y de darme bofetones cada vez que levantaba la mirada o iba demasiado despacio. Me tenía allí, de rodillas, pajeándome delante de ella, recibiendo escupitajos e insultos, sintiendo cómo mi ridícula pilila se ponía cada vez más dura precisamente por la humillación extrema.
Me obligó a seguir hasta que estuve al borde. Entonces me hizo parar varias veces, dejándome sufrir. Finalmente me permitió correrme… pero solo en mi propia mano. Después me obligó a lamer y tragar todo mi semen delante de ella mientras me decía:
—Trágatelo todo, cerdo. Eso es lo único que mereces.
Esa es la clase de hombre que soy.
Un ladrón de bragas sucias, un pajillero asqueroso, un micropene sin dignidad, un gusano que se corre de vergüenza mientras una mujer se ríe de él, le escupe en la cara y le obliga a tragarse su propia corrida.
Y aquí estoy, contándolo públicamente… porque me lo merezco y porque mi degradación no tiene límites.

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