sábado, 13 de junio de 2026

La Noche de la Dominación Absoluta, relato del corneador.

Los nombres son ficticios, pero los hechos son completamente reales. Hace unos meses contacté con una pareja a través de un anuncio. Él, Juan, buscaba un hombre dominante para su mujer. Pero cuando conocí a Jella, todo cambió. Ella tomó el control desde el primer momento y convirtió la fantasía de su marido en su propia noche de dominación total.

Jella es una morena de 38 años, curvy, con un culo espectacular y una actitud dominante que me volvió loco desde el primer email. Acordamos que irían a mi habitación de hotel. La única condición inicial era que no podía follarle el coño —ese era “privado”—. Pero Jella cambió las reglas en cuanto llegó.

La Llegada y el Establecimiento de la Jerarquía


 

La Semana de la Dominación. (Relato enviado por Álvaro, un cornudo)

Me llamo Álvaro, tengo 40 años y mi mujer Judith, de 33, es mi dueña absoluta. Hace años que ella me cornea con regularidad, pero esta vez decidió llevar las cosas a otro nivel. Judith impuso su dominio total y convirtió una simple visita de trabajo en una semana completa de humillación, placer y femdom.

Todo empezó en mayo, durante la convención anual de la empresa. Conocí a Joan, un hombre de 42 años, alto, seguro de sí mismo y con una presencia imponente. Al final de la semana intercambiamos teléfonos. Cuando regresé a casa le hablé a Judith de él, sin imaginar que ella ya estaba planeando convertirlo en su amante principal.

En septiembre Joan debía pasar una semana en nuestra ciudad por trabajo. Le ofrecí quedarse en casa. Judith sonrió con esa mirada peligrosa y dijo:


 

 

miércoles, 10 de junio de 2026

Tortura con pinzas. (Relado de Ama Valeria)

 Ella está de pie frente a ti, imponente, vestida con una elegante camisa blanca ajustada y una falda de cuero negro corta que marca sus curvas. Tú, en cambio, estás completamente desnudo, arrodillado como el perro pervertido que eres, con las dos pinzas de madera bien clavadas en tus pezones y varias más apretando tus huevos y esa ridícula pilila que tienes.

Ella te mira desde arriba con una sonrisa de puro desprecio y diversión.

—Mírate… qué patético eres —dice riéndose—. Torturándote tú mismo porque sabes que nadie más querría tocar esa cosita asquerosa.

Tú, desesperado de humillación y excitación, intentas llevar una mano a tu micropene para tocarte. Apenas rozas esa pilila diminuta cuando…




¡SLAP!

Una bofetada fuerte y seca te cruza la cara, girándote la cabeza.