Ella está de pie frente a ti, imponente, vestida con una elegante camisa blanca ajustada y una falda de cuero negro corta que marca sus curvas. Tú, en cambio, estás completamente desnudo, arrodillado como el perro pervertido que eres, con las dos pinzas de madera bien clavadas en tus pezones y varias más apretando tus huevos y esa ridícula pilila que tienes.
Ella te mira desde arriba con una sonrisa de puro desprecio y diversión.
—Mírate… qué patético eres —dice riéndose—. Torturándote tú mismo porque sabes que nadie más querría tocar esa cosita asquerosa.
Tú, desesperado de humillación y excitación, intentas llevar una mano a tu micropene para tocarte. Apenas rozas esa pilila diminuta cuando…
¡SLAP!
Una bofetada fuerte y seca te cruza la cara, girándote la cabeza.
—¿Quién te ha dado permiso para tocarte, cerdo? —te grita riendo.
Antes de que puedas reaccionar, te da un fuerte manotazo directo en el pecho, golpeando las pinzas de los pezones. El dolor es brutal. Sientes como si te arrancaran los pezones. Gimes como un animal mientras ella se ríe con ganas.
—Otra vez —te ordena—. Inténtalo otra vez, quiero verte sufrir.
Tiemblas, pero la excitación te traiciona. Vuelves a intentar tocar tu ridícula pilila, ahora completamente roja e hinchada.
¡SLAP! Otra bofetada aún más fuerte. Casi al mismo tiempo, te da dos manotazos seguidos en las pinzas de los pezones, moviéndolas y tirando de ellas. El dolor te recorre el pecho. Tus ojos se llenan de lágrimas.
Ella se inclina hacia ti, te agarra del pelo con fuerza y te escupe directamente en la cara. Un gargajo grueso te cae en la frente y se desliza hasta tu ojo. Luego te obliga a abrir la boca y te escupe dentro varias veces.
—Traga, escupidera humana.
Tragas obedientemente mientras ella se ríe de ti.
—Mírate… arrodillado, con pinzas en los pezones y en los huevos, tragando mi saliva y sin poder tocarte esa pilila de niño. Eres lo más bajo que existe.
Cada vez que intentas acercar la mano a tu entrepierna, ella te castiga sin piedad: una bofetada, un manotazo en las pinzas de los pezones, o un pisotón suave pero doloroso en los huevos con la punta de su bota. El dolor y la humillación te tienen al borde, temblando, suplicando con la mirada.
Ella se ríe con sadismo y te dice:
—Esto es lo que mereces. Dolor y humillación. Porque eso es lo único que una pilila tan ridícula y patética como la tuya puede sentir.
Ella te mira desde arriba con una sonrisa sádica, disfrutando cada segundo de tu sufrimiento.
—Suplícame más fuerte, cerdo. Quiero oírte rogar como el perro miserable que eres.
Tú, arrodillado y temblando, con las pinzas mordiendo tus pezones y tus huevos hinchados, suplicas con voz entrecortada:
—Por favor… por favor…
Ella suelta una carcajada cruel y te cruza la cara con dos bofetadas seguidas, muy fuertes. Tu cara ya está roja e hinchada.
—Inténtalo otra vez. Toca esa pilila ridícula que tienes.
En cuanto tu mano tiembla y se acerca a tu micropene, ella te da un fuerte manotazo en el pecho, haciendo que las pinzas de los pezones se sacudan violentamente. El dolor es tan intenso que sueltas un gemido agudo. Casi al mismo tiempo, te da otro manotazo en los huevos, moviendo las pinzas que tienes ahí. Sientes que te vas a desmayar del dolor.
Ella se ríe con ganas.
—Dios mío… mira cómo tiemblas. Eres patético. Ni siquiera puedes tocarte sin que te castigue.
Se inclina, te agarra fuerte del pelo y te levanta la cara. Te escupe varias veces seguidas en la boca abierta, llenándotela de saliva espesa.
—Traga.
Tragas todo obedientemente mientras ella te observa con asco y placer.
—Otra vez —ordena.
Vuelves a intentar tocarte, desesperado por un poco de placer. Esta vez ella no solo te abofetea… te da un pisotón con la suela de su bota en el muslo, y luego tira con fuerza de las pinzas de tus pezones, estirándolos hacia arriba. El dolor es brutal. Gritas.
—Cada vez que intentes tocar esa cosita inútil, te voy a hacer más daño —te dice riendo—. Tu micropene no merece placer. Solo merece sufrimiento.
Estás jadeando, con lágrimas en los ojos, saliva corriendo por tu barbilla, los pezones y los huevos ardiendo. Aun así, tu ridícula pilila sigue tiesa, palpitando de pura humillación.
Ella se da cuenta y se ríe con más fuerza.
—Mírate… sufriendo como un animal y todavía se te pone dura esa pilila de niño. Eres un degenerado sin remedio.
Se agacha un poco, te agarra la cara con una mano y te escupe directamente en la lengua. Luego te da una bofetada mientras tienes la boca abierta.
—Ahora vas a correrte sin tocarte casi. Solo vas a frotar esa cosita contra el aire mientras yo te torturo. Y cuando te corras, lo harás en el suelo… y luego te lo vas a comer todo con la lengua, delante de mí.
Te tira fuerte de las pinzas de los huevos y te ordena:
—Pídemelo. Suplícame que te deje correrte como el cerdo masoquista que eres.

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