lunes, 8 de junio de 2026

La tarde más humillante de mi vida: Eva me destrozó en el local liberal

Hay personas que saben exactamente cómo apretar cada una de mis teclas de sumisión. Eva es una de ellas. Sabe que soy un cornudo nato, un pervertido con micropene que se excita con su propia humillación. Nunca me ha dejado follarla. Ni una sola vez. Mi rol siempre ha sido el mismo: acompañante, espectador, payaso sexual y pajillero humillado.

Aquel día de verano fuimos a uno de los locales liberales con piscina exterior. Nada más llegar, Eva me ordenó que me desnudara completamente. Obedecí. Mi micropene, ese ridículo clítoris hinchado que tengo entre las piernas, se puso erecto al instante. Parecía ridículo, casi cómico. Eva me miró y soltó una carcajada:

—Ya estás empalmado, ¿eh, payaso? Qué patético eres.


 

Entramos a la zona de la piscina. Eva se metió al agua con total naturalidad. Pronto varios hombres la rodearon. Ella coqueteaba sin vergüenza. Yo me quedé fuera, desnudo, de pie al borde, con mi pequeño pene apuntando hacia arriba, completamente expuesto.

Uno de los hombres le preguntó algo señalándome. Eva, sin cortarse un pelo y con voz alta para que todos escucharan, respondió:

—¡Él es mi cornudo! Un sumiso de mierda que solo mira y se pajea. ¿Verdad, payaso?

Las carcajadas fueron inmediatas. Sentí que me ardía la cara. Eva continuó, disfrutando del momento:

—Si queréis podéis follároslo también. Le encanta que lo usen como una puta. Anda, diles cuántos centímetros te caben en el culo, maricón.

Las risas aumentaron. Yo estaba paralizado de vergüenza, rojo como un tomate, sin poder articular palabra. Mi micropene palpitaba traidoramente delante de todos.

Más tarde, Eva salió de la piscina y empezó a hablar con una pareja atractiva. Tras unos minutos de coqueteo, me miró y ordenó:

—Síguenos, cornudo.


 

Entramos en una habitación privada. Eva se tumbó en la cama y empezó a besarse con la mujer mientras el hombre la tocaba. Pronto los tres estaban desnudos y follando con auténtico deseo. Eva se comía el coño de la mujer mientras el hombre la penetraba por detrás. Los gemidos llenaban la habitación.

Yo, como siempre, solo podía mirar. Me ordenaron sentarme en una silla frente a la cama. Me masturbaba lentamente mientras los tres me miraban de vez en cuando y se reían.

—Míralo… —decía el hombre entre embestidas—. Pajeándose con esa cosita ridícula.

La mujer se reía mientras Eva le comía el coño:

—Qué patético es… parece un niño pequeño.

Cuando terminaron, Eva, todavía sudada y con el coño lleno de semen, me señaló el suelo:

—De rodillas. Lámenos los pies a los tres, pervertido.

Obedecí como un perro. Lamí los pies del hombre, los de la mujer y finalmente los de Eva, mientras ellos comentaban lo ridículo que me veía. Después me obligaron a bailar desnudo delante de ellos. Movía las caderas como un payaso mientras mi micropene se balanceaba de un lado a otro. Los tres se partían de risa.

Salimos de la habitación y nos tumbamos al sol. Eva estaba a mi lado, espectacular y recién follada. De repente vio a un chico atractivo tumbado enfrente. Sin decirme nada, se levantó, fue hacia él y empezó a tocarse y magrearse descaradamente. Yo observaba todo desde mi toalla, solo, humillado y excitado.

Al rato se fueron juntos a follar.

Cuando Eva regresó, tenía esa cara de satisfacción que tan bien conozco. Chasqueó los dedos y me ordenó:

—Arrodíllate aquí mismo.

Me puse de rodillas delante de ella, desnudo, en plena zona común. Empecé a masturbarme mientras ella me contaba con todo detalle cómo la había follado aquel chico. Me abofeteaba, me tiraba del pelo y se reía de mi micropene.

—Esto es lo único que te mereces. Mirar cómo me follan de verdad y pajearte como un imbécil. Eres un cero a la izquierda, un payaso con micropene.

Me tuvo al borde del orgasmo durante mucho rato. “Para… Continúa… Para…” Me temblaban las piernas de la desesperación. Cuando finalmente me dio permiso, me corrí como un cerdo en mi propia mano mientras varias personas miraban la escena.

Eva me miró con desprecio y sonrió:

—Ahora lámelo todo, cornudo.

Me incliné y lamí mi propio semen del suelo mientras ella me observaba con satisfacción.

Esa tarde confirmé, una vez más, cuál es mi verdadero lugar: el de un sumiso humillado, un cornudo patético cuya única función es entretener a los demás con su vergüenza y su ridículo micropene.

Y aunque me cueste admitirlo… nunca me había sentido tan excitado y tan vivo.


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Expresa aqui tu opinión siendo respetuoso respetuosa con tus semejantes, aunque yo quedo exento de tu respeto. Puedes humillarme si quieres.