domingo, 7 de junio de 2026

Confesión real: Cómo mi compañera de piso y su amiga me convirtieron en su puto pajillero humillado

La historia más vergonzosa y excitante que me ha pasado jamás…

Todo empezó cuando encontré unas braguitas suyas en la basura. Eran unas tanguitas negras usadas, todavía con su olor íntimo. En lugar de tirarlas, las guardé como un pervertido. Durante semanas las olía profundamente mientras me pajeaba como un degenerado, imaginando que estaba enterrando mi cara en su coño.

Ella lo descubrió.


 

Primero fue a mi trabajo. Entró al bar donde soy camarero y, delante de mis compañeros y varios clientes, me exigió explicaciones en voz alta: “¿Por qué coño tienes mis bragas usadas en tu habitación, pervertido?”. Me quedé helado mientras todos me miraban. Fue una humillación brutal.

Pero eso solo fue el calentamiento.

Días después invitó a su amiga Laura a casa. Estaban las dos sentadas en el sofá del salón cuando Sara chasqueó los dedos y me ordenó:

—Ven aquí, pajillero de bragas.

Me planté delante de ellas temblando. Sara empezó a contarle toda la historia a su amiga con todo lujo de detalles, riéndose:

—Este cerdo rebuscó en mi basura, sacó unas bragas mías usadas y se las guardó para pajearse oliéndolas como un puto enfermo. ¿Te lo puedes creer?

Laura soltó una carcajada y me miró con asco y diversión:

—Qué asqueroso… ¿En serio eres tan patético?

Sara me señaló con el dedo y ordenó con voz fría:

—Quítate toda la ropa. Ahora. Enséñale esa “polla” que tienes.

Me desnudé completamente delante de las dos. Cuando mi micropene quedó al descubierto, ya estaba ridículamente erecto, tieso como un clítoris hinchado. Las dos estallaron en carcajadas.

¡Dios mío! —gritó Laura tapándose la boca—. ¿Eso es una polla? Parece un dedito con complejo de inferioridad. ¡Pito pa’ dentro total!

Sara se acercó, me agarró fuerte de la barbilla y me obligó a mirarlas:

—Míranos a la cara mientras te pajeas, perdedor. Quiero que veas cómo nos reímos de ti.

Empecé a masturbarme delante de ellas. Mi mano apenas rodeaba ese pequeño pene erecto. Ellas no paraban de humillarme:

  • —Más rápido, pajillero de bragas sucias.
  • —Mira qué micropene más patético… normal que nadie quiera follar contigo.
  • —Seguro que te corres en menos de un minuto, ¿verdad, picha floja?

Cada vez que estaba a punto de correrme, Sara ordenaba con crueldad:

—¡Para!

Me detenía al instante, jadeando, con el micropene palpitando desesperado. Me dejaban sufriendo varios segundos mientras se reían de mí.

—Continúa.

Volvía a pajearme como un desesperado. Me abofeteaban la cara, me tiraban del pelo y me escupían insultos sin parar:

—Eres un puto ladrón de bragas.
—Esto es lo más cerca que vas a estar de follarme en tu vida, cerdo.
—Imagínate oliendo mis bragas usadas ahora mismo mientras te vemos pajeando esa cosita ridícula.

Estuve más de veinte minutos bajo su control absoluto. Parar y continuar. Parar y continuar. Hasta que me tenían temblando, suplicando con la mirada que me permitieran correrme.

Sara sonrió con sadismo y me dijo finalmente:

—Cuando te corras, lo harás en tu propia mano… y luego te vas a comer hasta la última gota de semen delante de nosotras. ¿Entendido, micropene?

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