miércoles, 10 de junio de 2026

Mi noche con el patético pajillero (Relato escrito por Eva<)

No sabéis lo que me excita tener a un hombre como él arrodillado delante de mí. Un viejo de 60 años, con barriga peluda, gafas y esa cara de perdedor crónico que no puede disimular.

Anoche lo tuve exactamente donde debe estar: completamente desnudo, de rodillas en el suelo, con su ridículo micropene tieso como un clítoris hinchado. Era casi cómico verlo. Esa cosita diminuta, roja y palpitando de pura vergüenza mientras yo permanecía completamente vestida, impecable con mi camisa blanca y mi falda de cuero negro.

—Empieza a pajearte —le ordené.


 

Obedeció al instante, como el perro amaestrado que es. Su mano empezó a mover esa vergüencita patética de arriba abajo. Me reí en su cara. No pude evitarlo. Era demasiado ridículo.

Me acerqué y le solté una bofetada fuerte. Su cabeza se giró y se puso aún más rojo. Le di otra, y otra más. Cada vez que le pegaba, su micropene daba un respingo entre sus dedos. El muy cerdo se excitaba con los golpes.

—Más rápido, payaso —le espeté.

Entonces me incliné, junté saliva y le escupí directamente en la cara. Un gargajo grueso le cayó en la frente y empezó a escurrirse por su nariz. Su expresión de humillación era deliciosa.

—Abre la boca.

Abrió la boca como un buen esclavo. Me tomé mi tiempo, lo miré a los ojos con desprecio y le escupí dentro. Uno, dos, tres gapos seguidos.

—Traga.

Lo vi tragar con dificultad, tragándose mis escupitajos como si fuera un privilegio. Eso me puso muy cachonda. Le agarré del pelo con fuerza y le escupí varias veces más dentro de la boca, obligándolo a tragar todo.


 

—Mírate… —le dije riéndome—. Un viejo asqueroso tragándose mis gargajos mientras se masturba esa polla de niño. Eres lo más bajo que he visto en mi vida.

Le di otra bofetada mientras tenía la boca abierta. Luego le restregué la cara contra mi falda de cuero, manchándola con su propia saliva y lágrimas.

—Sigue pajéandote, cornudo. Quiero que te corras como el cerdo que eres.

Estaba temblando, jadeando, con la cara destrozada de humillación y completamente entregado. Sabía que en cualquier momento iba a explotar de pura vergüenza.

—Cuando te corras, lo harás en tu mano… y te lo vas a comer todo delante de mí. ¿Entendido, pajillero?

Sí. Entendió perfectamente.


 

Porque eso es lo que es. Un patético, viejo, cornudo y baboso pajillero que solo sirve para entretener a mujeres como yo con su degradación.

Y lo mejor de todo… es que él lo sabe. Y le encanta.


 

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