Me llamo Álvaro, tengo 40 años y mi mujer Judith, de 33, es mi dueña absoluta. Hace años que ella me cornea con regularidad, pero esta vez decidió llevar las cosas a otro nivel. Judith impuso su dominio total y convirtió una simple visita de trabajo en una semana completa de humillación, placer y femdom.
Todo empezó en mayo, durante la convención anual de la empresa. Conocí a Joan, un hombre de 42 años, alto, seguro de sí mismo y con una presencia imponente. Al final de la semana intercambiamos teléfonos. Cuando regresé a casa le hablé a Judith de él, sin imaginar que ella ya estaba planeando convertirlo en su amante principal.
En septiembre Joan debía pasar una semana en nuestra ciudad por trabajo. Le ofrecí quedarse en casa. Judith sonrió con esa mirada peligrosa y dijo:
—Perfecto. Esta vez vamos a hacer las cosas como yo quiero.
La Jerarquía Queda Establecida
El lunes por la tarde recogí a Joan. Cuando llegamos, Judith nos esperaba vestida para matar: un vestido corto y ajustado, tacones altos y sin sujetador. La química entre ellos fue inmediata.
Después de enseñarle la casa, Judith me llevó aparte y me miró fijamente a los ojos:
—Escúchame bien, cornudito. A partir de ahora yo mando. Joan es mi amante y tiene total autoridad sobre ti. Tú eres el último mono de esta casa. No tienes voz ni voto. Solo obedeces lo que te ordenemos. Si te portas bien, quizás te dejemos mirar. Si no… te quedarás encerrado con la polla enjaulada. ¿Entendido?
—Sí, mi Ama Judith —respondí con la cabeza baja.
Esa misma noche, durante la cena, Judith empezó a marcar territorio. Me obligó a servirles de rodillas. Mientras Joan y ella charlaban y se acariciaban, yo permanecía arrodillado junto a la mesa.
Después de cenar, Judith hizo un striptease lento y sensual. Se quedó solo con tanga negro y tacones. Le pidió a Joan que le quitara la etiqueta del vestido y, deliberadamente, dejó caer una tira dejando una teta al aire.
—Cornudito, siéntate en esa silla y sácala. Pero no te toques. Solo mira cómo un hombre de verdad disfruta de tu mujer.
Joan empezó a chuparle las tetas. Judith, gimiendo de placer, me ordenó:
—Ven aquí de rodillas. Quiero que veas de cerca cómo se me moja el coño por otro hombre.
Me arrodillé junto al sofá. Joan sacó una polla gruesa y venosa, claramente superior a la mía. Judith la miró con lujuria y dijo:
—Mírala bien, cornudo. Esta es la polla que me va a follar toda la semana. La tuya solo sirve para limpiarla después.
La Primera Noche de Humillación
Judith se arrodilló y le hizo una mamada profunda y ruidosa. Mientras tanto, me ordenó que le lamiera los pies y los tacones. Después se sentó en la cara de Joan para que le comiera el coño y me obligó a acercar mi cara para oler su excitación.
Cuando estuvo lista, se puso a cuatro patas y ordenó:
—Joan, fóllame. Y tú, Álvaro, sujeta mi pelo y mírame a los ojos mientras me dan lo que tú nunca podrás darme.
Joan la penetró con fuerza. Judith gemía como una auténtica zorra y no dejaba de humillarme:
—¿Ves cómo me abre el coño, cornudito? ¿Ves cómo tu mujer se convierte en una puta con una polla de verdad? Di “Gracias Joan por follarte a mi mujer”.
—Gracias Joan por follarte a mi mujer… —repetí avergonzado.
Joan se rio y ordenó:
—Más alto, perdedor.
Lo repetí más fuerte mientras Judith se corría violentamente.
Esa noche Judith me puso el dispositivo de castidad y me mandó a dormir solo a la habitación de invitados.
La Semana de Dominación Total
Los días siguientes fueron una escalada constante de humillación y placer. Por las mañanas yo preparaba el desayuno y servía debajo de la mesa, lamiendo el coño de Judith o chupando los huevos de Joan.
Una tarde llegué temprano y los encontré follando en el salón. Judith me ordenó arrodillarme al lado y lamer el punto donde la polla de Joan entraba y salía de su coño.
—Lame bien, cornudito. Tienes que limpiar todo lo que gotea.
Otra noche, en nuestra cama matrimonial, Judith me ató las manos a la cabecera, me puso una mordaza y cabalgó salvajemente a Joan mientras me gritaba:
—¡Mira cornudo! ¡Este es el hombre que ahora me folla en TU cama! ¡Tu polla nunca más va a entrar aquí!
Cuando Joan se corrió dentro de ella, Judith se sentó sobre mi cara y me obligó a comerme todo el creampie mientras me pisaba la jaula con el tacón.
La Humillación Más Dura
El penúltimo día Judith organizó una “cena especial”. Me hizo servir la mesa completamente desnudo, solo con la jaula y un plug anal. Durante la cena me obligaba a llamarlos “Ama Judith” y “Amo Joan”.
Mientras Joan follaba a Judith sobre la mesa del comedor, ella me ordenó ponerme debajo y lamer los huevos de su amante mientras la penetraba.
—Quiero que sientas cómo se contraen cuando se corre dentro de mí.
Después me obligó a limpiar tanto el coño de ella como la polla de Joan con la lengua.
La Última Noche
La última noche Judith fue especialmente cruel. Me vistió de camarero y me hizo servirles champagne mientras ellos follaban. Luego me ordenó sostener la polla de Joan para que entrara mejor en su coño.
—Esta semana has aprendido tu lugar, ¿verdad, cornudito? Eres nuestro sirviente sexual. Cuando Joan se vaya, seguirás limpiando mi coño usado y obedeciendo cada orden que te dé.
Al despedirse, Joan me dio una palmada en el hombro y dijo con sorna:
—Gracias por prestarme a tu mujer, cornudo. Volveré pronto.
Judith, aún desnuda y con el coño lleno, me abrazó por detrás y me susurró al oído:
—Y tú, mi querido cornudito, vas a seguir siendo el último mono de esta casa… para siempre.
Fin.

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